¿Qué son los desafíos espirituales, por qué se presentan en nuestra vida y cómo superarlos?

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Voy a empezar este artículo con una frase:

Y es que muchas veces nuestra mente piensa que somos los únicos que estamos sufriendo: “¿Que por qué a mí? ¿Que por qué esta prueba? ¿Por qué esto no le está pasando a otras personas? ¡Las pruebas de los demás están mucho más fáciles que la mía!” Un sin fin de cosas que inventa tu EGO para evadir la responsabilidad de cada prueba que se nos presenta.

Primero que nada te platico que todos estamos en examen –lo voy a decir así, metafóricamente–: TODOS estamos en examen, pero estamos presentando examen de materia diferente.

Unos quizá están tratando de liberarse de un vicio o aprendiendo templanza –alcohol, drogas, compras compulsivas…– Otros posiblemente están trabajando envidia, control, aprehensión, ira, impaciencia, irritabilidad, ansiedad, tristeza, baja autoestima…

Y tienes que saber que esa prueba espiritual que tú misma o tú mismo has decidido que se presente en tu vida, está hecha a tu medida. Quiere decir que a ti te hace falta experimentarla, no a los demás. No te preocupes por pensar en “Yo soy tan bueno. ¿Por qué vivo esto? ¿Y por qué a los demás que son tan malos les va súper bien?” Eso a veces llegamos a pensar porque no podemos monitorear lo que los demás están experimentando.

Cada prueba experimental, cada desafío espiritual está hecho por ti, para ti. Y siempre nos van a mostrar algo que no vemos. Sin esa prueba, sin ese desafío, sin esa persona, sin esa situación, no alcanzamos a ver aquello en lo que debemos trabajar.

Te voy a platicar la historia que una alumna nos compartió.

Ella estaba en la parada del camión, esperando el transporte. De pronto un vehículo apareció y la atropelló. Tuvo que ser operada. Tuvo varias cirugías. (Hasta aquí, viéndolo desde ese contexto, pensaríamos “¡Qué mala suerte e injusto!” Avanzando en la historia, la persona que atropelló a esta persona resultó ser cirujano. Él mismo la llevó a urgencias; él mismo hizo la cirugía. Tiempo más tarde, se casaron: ¡Se casó con quien la atropelló!

Un desafío muy interesante. Una experiencia al parecer “negativa”, resultó una unión importante, una pareja importante en su vida. Es donde le damos la vuelta a las situaciones y vemos el bien en todo lo que sucede en nuestra vida.

Muchas personas no alcanzan a ver lo bueno, o diciéndolo de otra forma, no quieren ver lo bueno de los desafíos en su propia vida, de su propia experiencia. Entonces es más fácil decir: “A mí me pasó… Yo me enfermé… Yo soy un santo… Yo nunca odio a nadie, nunca tengo ira ni enojo… Yo soy un santo… Y aún así, me dio cáncer”.

Recuerda, la energía se va atorando en nuestro cuerpo con ciertos pensamientos y actitudes. Si se atora por un tiempo grande, se genera un bloqueo. Ahí es cuando nuestro cuerpo nos puede llamar la atención y decir “Oye, aquí traigo un problema en el hígado; ya está bloqueadísimo por tanto enojo que tienes. Por favor pon atención, trabaja la paciencia y la tolerancia”.

Cuando seguimos en el rubro de la ira y el enojo, llega un momento en que nuestro cuerpo se desequilibra tanto que se presenta un reto o un desafío.

Y en el caso de alguna enfermedad, el verdadero desafío no es “sanar esa enfermedad”, sino conocer la causa que la está manifestando y trabajarla sobre ella: ira o enojo en caso de algún cáncer, por ejemplo. Detener esa emoción que genera el desequilibrio, ése sí es el verdadero desafío espiritual; volverte paciente y tolerante, no únicamente “curar” la enfermedad.

Cuando no se entienden correctamente estos desafíos o experiencias –y que nosotros mismos nos ponemos para autoconocernos y reconocer nuestra verdadera naturaleza–, caemos en las trampas de la mente y el ego.

La primera trampa es echarle la culpa a todos el mundo sobre todo lo que me pasa.

La segunda –y que tiene que ver mucho con la primera– es ponerte en postura de víctima: “A mí me hicieron… A mí me asaltaron”. Es muy fácil hacerse la víctima.

¿Y qué tenemos que hacer? Tenemos que parar el drama de nuestra vida y empezar a ver con otros ojos todo lo bueno y las bendiciones que hay detrás de cada experiencia o desafío.

Te quiero contar otra historia.

Resulta que una amiga tuvo un bebé con síndrome de down. Cuando nació su hija, ella estaba en la sala de espera destrozada, desconsolada y preguntándose sin parar por qué había nacido así. Un chico que también estaba en la sala, se acercó y le preguntó si todo estaba bien y si podía apoyarla en algo. Ella contestó que sentía que moriría porque su hija había nacido con síndrome de down. “¡Wow! Yo daría las gracias –contestó el chico–; hace un momento me avisaron que mi esposa y mi hija murieron en el parto”.

Mi amiga en ese momento empezó a agradecer que ella estaba viva y que estaba viva su hija. ¡Qué bendición estar! En ese momento paró su drama, paró de llorar y empezó a sentir una gratitud enorme. Obviamente me platicó que sintió ganas de abrazar al chico y decirle cuánto lo sentía.

Imagínate, a veces necesitamos un empujón para poder ver lo bueno de los retos y desafíos de la vida… ¡Y no nada más estar en el drama!

¿Se vale hacer drama? ¡Claro! Se vale sentir miedo, enojo, frustración, envidia; se vale sentir un ratito, pero no te conviene mantenerlo muchos días porque te desequilibras más. Y nadie puede pasar tu desafío espiritual, más que tú. Si tú tienes que aprender paciencia en tu vida, el universo te va a poner personas, situaciones y energía que te lleven a demostrar que eres paciente y tolerante.

Y voy a poner el caso contrario: Si tienes que aprender a poner límites en tu vida, el universo y tú misma –o tú mismo– te vas a poner muchos desafíos. ¿Cómo? A través de personas, situaciones o energía con los que aprendas a poner límites, porque es tu desafío poner límites. Quizá hay personas muy tranquilas que dicen “Sí, no te preocupes; no pasa nada…” Y el universo te dice “¡Tienes que poner límites!” Y te lleva al extremo para que te des cuenta de lo que tienes que hacer. Recuerda que nadie puede hacer tu tarea espiritual por ti.

También es importante saber que los desafíos cada vez más van subiendo de nivel. Por ejemplo, cuando nos da ciertas señales y a estas señales las pasamos por alto o no las captamos, el universo le sube dos rayitas al nivel y nos envía un desafío aún mayor. Y así sucesivamente hasta que nos demos cuenta y trabajemos sobre ese reto específico hasta experimentarlo y superarlo.

Si a pesar de todo eso un desafío no lo entendemos, posiblemente ese desafío ahora se vuelva muy impactante; como un accidente, una enfermedad o una muerte de un familiar… Esto para movernos hasta decir “Ok, soy yo el que tiene que trabajar en mí y cambiar… ¡y urge!”.

Por eso es importante ser valientes y aprender rápido. ¿Y cómo sé qué es lo que tengo que aprender? Sencillo. Observa tu presente. Muchas personas creen que no saben qué tienen que aprender. Sólo observa tu vida aquí y ahora. ¿Qué te hace falta? ¿Dejar de ser controladora, controlador? ¿Dejar de ser aprehensiva, manipuladora? ¿Poner límites? ¿Hacer que te respeten? ¿Ser más activa? ¿Perdonar?

Pregúntate nuevamente: ¿Qué te hace falta aprender?

Tu presente te dice qué es lo que urge trabajar en este momento. Si no eres tan valiente para tomar el desafío de una vez, no te preocupes, el universo no tiene prisa, pero va a ir subiendo de nivel cuando se presente el siguiente.

También es importante saber que hay desafíos desde el dolor y desafíos desde el amor. Toda aquella situación que te saque de tu zona de confort, regularmente representa que estás aprendiendo algo nuevo de ti. Te movió, movió tu energía. Y si mueve tu energía, lo más probable es que tengas que aprender algo de ti mismo. Algo se movió, algo te está generando cambio.

Cuando un desafío se presenta desde el dolor, puede llegar a ser menos fáciles, precisamente porque hay dolor, sufrimiento y no me puedo auto-observar. Imagínate que tienes un dolor de muelas muy intenso. En ese momento no vas a comenzar con introspección (“Es que últimamente yo he generado dolor a los demás por cómo me comporto…”) ¡No! En ese momento no puedes; lo que quieres es que pare el dolor, se reduzca y elimine por completo para poder reflexionar.

También pasa con dolores emocional. Si estás en una prueba, en una crisis o en un accidente, no te vas a poner a reflexionar “Bueno, mi hijo se accidentó muy feo, pero está bien; entonces tengo que cambiar mi vida porque…” El universo, tú misma usas esas pruebas para llamarte la atención. Pero atendámoslas desde antes de que sucedan. ¿Cómo? Nuevamente preguntándonos qué nos hace falta aprender. Recuerda, el presente nos dice lo que urge trabajar aquí y ahora para tomar todos los desafíos.

¿Qué preguntas puedo hacerme cuando un desafío se presenta? Dos principalmente.

Primero, el ego diría ¿por qué a mí? Ésa no nos la vamos a hacer. ¿Por qué a ti? Porque a ti te corresponde y a ti te va a hacer mejor persona esa situación, ese entrenamiento, ese desafío.

Primera pregunta: ¿QUÉ TENGO QUE APRENDER YO en relación a esta persona o en relación a esta situación o evento?

Poniendo el ejemplo de un asalto: “Me robaron algo, ¿yo en qué nivel he robado algo a los demás? Materialmente nunca he robado nada, ¿pero en qué nivel robo algo? Bueno, no doy el tiempo que los demás se merecen, les estoy robando tiempo, tiempo de papá, tiempo de mamá; estoy robando paciencia de una persona; estoy robando tiempo de los demás por meterme en doble o triple fila en vialidad…” Es ahí donde tenemos que hacer una reflexión y darnos cuenta de que si yo robo algo en algún nivel –o incluso me robo a mí mismo (mis deseos, mis sueños, mis metas no las puedo vivir)–, debo trabajar en ello.

Segunda pregunta: Si yo me hubiera manifestado ese desafío conscientemente, ¿PARA QUÉ LO QUIERO? ¿QUÉ ME HACE?

A lo mejor me ayuda a salir de mi zona de confort, me ayuda a sentirme más valioso, a darme cuenta de que merezco respeto… Si todas las personas fuéramos muy responsables y supiéramos que somos la causa de todo lo que nos sucede, estaríamos evolucionando y le dejaría de echar la culpa a los demás.

Cada quien tiene que compensar su energía, aunque a ti te asaltaron, a ti te robaron, a ti te pasó algo, esa persona tendrá que compensar sus acciones; todo mundo compensa. Hay que hacer lo que nos corresponde, pero no nada más echarle la culpa al otro “del mal que te hizo”. Más bien ¿para qué me lo propuse yo? ¿para qué lo quise vivir? ¿Para darme cuenta de qué?

Es importante recordar que si tienes un desafío, estás listo para superarlo. Hay una frase muy bonita que dice.

“Cuando el alma está lista, las cosas que lo rodean, también lo están”.

Si ya estás listo, todo está listo. Cuando estás listo para vivir un desafío, todo está sincronizado. Lo ideal sería no requerir esos desafíos, pero nuestra mente se cierra tanto a sus propias creencias, que necesita salirse de la zona de confort. A la mente y al ego le encanta la zona de confort. Necesitamos un empujón para poder ver. Sé valiente y ve más allá; si no la prueba se va a repetir muchas veces hasta que aprendas la lección. Es mejor decir “sí, ya me di cuenta. A lo mejor tenía que hacer un cambio radical en mi vida. ¡Ya estoy listo! ¡Ya es momento!”

El juego de la mente –tu ego– le encanta el drama, el drama de la vida. Hace drama por todo. O sea, hace una novela por cualquier suposición, interpretación o palabra.

Por otro lado, el Ser o la conciencia vive en la aceptación de lo que es: Hecho está, lo acepto, ¿qué sigue? Aceptación, sin drama, Plan Divino, para no generar drama, porque la única que sufre con el drama mental que generas, eres tú. Los demás no sufrimos por el drama mental, sufres tú, es una tortura lo que estás viviendo, tu mente está a todo lo que da, suponiendo, generando creencias –falsas o verdaderas, pero creencias al fin y al cabo–, entonces te estás lastimando y todo ese ruido mental se impacta en tu cuerpo y estás súper tensa… Tu drama te lastima, el drama que haces de los desafíos espirituales.

Todos los eventos, todo lo que hay en tu vida, situaciones fuertes o desafíos, son neutros; los eventos son neutros. No son para molestarte –el universo no está tratando de ver cómo te hace sufrir–. Son para ti, para que te conozcas, para que conozcas tu verdadera identidad. ¿Cuál es tu verdadera identidad? TU CONCIENCIA DIVINA.

Todos estos eventos te van a ayudar a que tú reconozcas que eres un Ser divino. Y si son neutros, solamente los puedes hacer negativos e intensos con tu pensamiento; si empiezas a pensar lo malo de ese evento, de ese desafío espiritual, lo único que vas a hacer es polarizarlo al mal. Si de ese evento neutro le empiezas a ver las bendiciones, decir “Me salvé, tengo otra oportunidad, voy a cambiar mi vida”, lo polarizas positivo. Y si ese evento simplemente lo tomas como lo que es, como un evento, ni positivo ni negativo, solamente es.

Suelto, bendigo, me reconozco y estoy preparado para el siguiente desafío, el siguiente autoreconocimiento.

La idea es dejar de echarle culpa a los demás de todo lo que experimentamos. La idea es ser valiente y decir:

“Yo me lo estoy generando, ¿qué tengo que aprender YO en relación con esta persona/situación? ¿Por qué y para qué me propuse este evento/situación en mi vida? Le doy las gracias al evento/situación, la acepto, la tomo y retomo mi responsabilidad de causa y dejo de hacer drama en mi vida, porque entiendo que sólo yo me lastimo con el drama, los demás no van a sufrir por mi drama mental-emocional que traigo por este evento”.

Muchas gracias por tomarte el tiempo para leerme.

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